EL PUEBLO MÁRTIR HOY Y LA ESPERANZA QUE NOS TRAE.
Introducción:
Monseñor Romero, como Rutilio Grande, su precursor, e Ignacio Ellacuría, su seguidor y eco reflexivo, tenían en su momento histórico, en los años antes y durante la guerra civil salvadoreña, el carisma profético y la genialidad para dar voz al sufrimiento del pueblo. El pueblo, sacrificado en este momento al ídolo de la riqueza, macheteado en su lucha justa por una vida digna, expuesto a la violencia despiadada y bárbara, expulsado de sus hogares y su tierra, viviendo la pesadilla de las torturas, de las guindas y de la separación de sus seres queridos. Este mismo pueblo entendía de una manera espontánea e inequívoca: Rutilio, Monseñor Romero y Ellacuría hablan de nosotros, de la realidad que sufrimos día a día en nuestra carne. Nosotros somos el “pueblo crucificado”, nosotros somos “el pueblo mártir”. Y no solamente hablan de nosotros, sino nos dignifican y nos tributan una esperanza última: ¡Ustedes son el cuerpo del Cristo crucificado en la historia! Ustedes, son la carne martirizada - así como la carne del pobre hombre de Nazaret, en el que Dios se hace presente en este mundo configurado por el pecado.
Rutilio Grande, Monseñor Romero e Ignacio Ellacuría irrumpieron con un nuevo modo de anunciar el evangelio y de denunciar el pecado. Este nuevo modo de hablar, rechaza rotundamente el “docetismo” teológico y pastoral, la palabrería sin carne y vacío de realidad. En este nuevo lenguaje se encarna “la palabra viva y eficaz de Dios, y más cortante que espada de dos filos.” (Hebr 4,12). Esa palabra crea realidad, es “liberadora y salvadora, como el lenguaje del mismo Jesús”[1].
Rutilio Grande, Monseñor Romero e Ignacio Ellacuría, tenían un don genial de dar palabra a la realidad, al sufrimiento del pueblo, pero no es solo eso que otorga a su lenguaje la potencia salvadora y esperanzadora, que llega sin rodeos a los corazones de los más vulnerables y desprotegidos, sino la coherencia firme y absoluta con su vida. Esa coherencia impregnó el sello de su martirio, lo sellaron con su sangre.
Hacer memoria de los mártires, celebrarlos es peligroso. Nos obliga como a ellos, a dejarnos tocar en nuestras entrañas por la angustia, por el martirio que sufren las victimas hoy; nos obliga a arriesgar lo que parece una locura autodestructiva: Lanzarnos con toda nuestra existencia en contra de esa maquinaria que aplasta brutalmente a los vulnerables. Hacer memoria del cuerpo y de la sangre de los mártires, entre ellos el protomártir Jesús de Nazaret, no permite ninguna “celebración light”. O nos inicia en su seguimiento, o es pura mentira y lleva consigo su “propia condena” (cf. 1 Cor 11,29).
Poner a producir el legado de los mártires, hacer teología fiel a su herencia, no permite ninguna repetición estéril, mecánica. Se puede ser especialista del pensamiento de Ellacuría, conocer y analizarlo hasta la última letra, no obstante traicionarlo. Estudiar bien a fondo el pensamiento de los mártires es una tarea de suma importancia que exige todo nuestro rigor intelectual. Pero nunca puede ser un fin en sí mismo, una tarea meramente académica. Ser fiel a su legado, nos obliga a un ejercicio paciente de contemplación, de atención sincera a la realidad que vive el pueblo crucificado hoy. Si lo hacemos de verdad, duele; en buen salvadoreño (y también austriaco), duele hasta el “tuétano de los huesos”. Solamente de tal dolor puede nacer de nuevo una palabra teológica y pastoral, eficaz y esperanzadora, fiel a la herencia de los mártires.
Estamos hartos de responder a la objeción que el pensamiento de los mártires ya ha perdido la vigencia y pertenece a una época del pasado, porque el “paradigma” ha cambiado. Pero sí, estamos conscientes que la creatividad de ellos nos prohíbe un trato de museo, sino al contrario nos compromete para movilizar toda nuestra creatividad. Sí, es la verdad, tenemos que “actualizar” la herencia de los mártires. Sin embargo: ¿Qué quiere decir en este contexto “actualizar”? Dice Ignacio Ellacuría: “Actualizarlo no significa primariamente ponerlo al día, al menos en el sentido que esta expresión puede tener de estar a la moda de los tiempos. Actualizarlo significa, más bien, dar realidad actual…”[2]
A continuación les invito a este ejercicio: dar realidad actual a la herencia de los mártires.
„Ustedes son el Divino traspasado“
El 19 de junio 1979 en el pueblo golpeado de Aguilares, Monseñor Romero pronunció una de sus homilías más preciosas. Como Jon Sobrino nos ha recordado muchas veces, en el preámbulo de esa homilía Romero redefine su oficio episcopal de una manera trágica y acertada: “A mí me toca ir recogiendo atropellos y cadáveres…”[3] A continuación Monseñor Romero se dirige al pueblo sufrido de Aguilares:
“Ustedes son la imagen del Divino Traspasado que presenta a Cristo clavado en la cruz y atravesado por la lanza. Es la imagen de todos los pueblos, que como Aguilares, serán atravesados, serán ultrajados…”[4]
Con estas palabras Monseñor Romero identifica, de una manera audaz y valiente la cruz de Jesucristo, con el horror que vivía el pueblo de Aguilares en ese momento, expuesto a la violencia, a la crueldad y a la humillación. Afirma la “unión hipostática” entre el pueblo crucificado y el Cristo crucificado, son una sola carne, no se pueden separar. Y como consecuencia, el pueblo crucificado es la presencia de Dios y de su obra salvífica en este mundo, es el sacramento de nuestra salvación en la historia.
Con su declaración solemne Monseñor Romero dirige nuestra atención a la inmensa mayoría de los seres humanos en nuestro planeta que suelen ser invisibilizados, por eso, quienes a sí mismos se declaran los verdaderamente “relevantes”. Ciertamente también en el primer mundo y en los condominios de los ricos en El Salvador hay sufrimiento, se mueren niños de cáncer o jóvenes en accidentes trágicos. No hay ninguna existencia humana sin sufrimiento. Pero hay un sufrimiento desmesurado, que es propio del pueblo crucificado. Es el pueblo mártir ya por el mero hecho que vive un sufrimiento exagerado e injusto. Su vida parece nada más que un viacrucis, un calvario permanente. A esos seres humanos se dirige la promesa: “Ustedes son el Divino traspasado”.
Invito a que ahora hagamos juntos el ejercicio, arriesgándonos a no hacerlo como Monseñor Romero lo hizo. Afirmar hoy, en este 18 de marzo 2015, en frente del viacrucis del pueblo salvadoreño actual, “Ustedes son el Divino Traspasado”. Quiero concretizar, dar carne a esta afirmación, contándoles la historia de una sola familia salvadoreña. Es obvio que eso nos hace ver solo un pequeño sector de una realidad mucho más compleja. Sin embargo, desgraciadamente la historia de esta familia no es una historia singular, sino mucho más, es ejemplar por la pesadilla que vive actualmente todos los días alrededor de un tercio de los salvadoreños en las colonias como Popotlan, Apopa, La Campanera, Las Margaritas, Soyapango, Lourdes, Panchimalco, el mero Centro de San Salvador, y en muchos lugares más.
Nos faltan 10 días para el Domingo de Ramos. Vamos a oír como todos los años la Pasión, este año será según Marcos. Él es el evangelista más cercano a los hechos históricos. Obviamente para la primera comunidad fue de suma importancia prestar atención a cada detalle de ese desencadenamiento de hechos trágicos en los últimos días de Jesús. En la liturgia la fórmula introductoria reza: “Pasión de nuestro Señor Jesucristo” y nos invita a acompañar a Jesús con un corazón abierto y compasivo. Si Monseñor Romero tiene razón, y de eso estoy convencida, “¡Ustedes son el Cristo traspasado!”, entonces conviene contemplar la historia de esta familia con la misma atención contemplativa, porque los acompañamos en todo lo que les pasa a ellos, así como acompañamos a nuestro Señor Jesucristo en su viacrucis.
Voy a tratar de hacerlo a la manera de Marcos: contar los hechos de la manera más sencilla y sobria. A diferencia de Marcos, no puedo darles ni los verdaderos nombres ni los lugares, por discreción, y por el peligro que corre esta familia, si se hacen públicos. Sin embargo pongo en palabras nada más que los meros hechos, a pesar que parece poco creíble que todo eso se puede acumular en la vida de una sola familia. Es tan inverosímil como la historia de Job en la Biblia. Sobre él se descargan todas las desgracias posibles.
Primer capítulo: desaparición y muerte violenta de Pablo
Soy amiga de la madre de esta familia desde hace cinco años. En el año 2010 ella trabajaba como cocinera en el pupilaje donde yo vivía en ese momento. Quiero llamarla de aquí en adelante María como símbolo de todas las mujeres con un corazón atravesado por una espada. (Lc 2,35). Me daba cuenta que María, que antes fue bien alegre, de repente se puso mal de verdad, qué ¿le habrá pasado algo grave? Todavía no nos conocíamos bastante para entrar en un diálogo más de confianza. Solamente me dolía ver que los responsables de ese lugar la despidieron sin vacilar en el instante que ella decayó, física y psíquicamente.
Lo que de verdad le sucedió me di cuenta meses después, cuando ella me buscaba para pedir trabajo. En el momento de su crisis ha desaparecido el segundo de sus tres hijos de 17 años, motorista de una panadería. Quiero llamarlo Pablo. Su patrón le daba permiso para viajar con el vehículo a su cantón y eso llamaba la atención de los mareros. Le pidieron 60 dólares como renta, como no los tenía, le pusieron un plazo y cuando este terminó se lo llevaron y el joven nunca regresó. Su madre, sus hermanos y sus primos le buscaron desesperados. Después de tres meses de angustia, incertidumbre y el presentimiento del horror, encontraron el cadáver de Pablo, ya descompuesto al lado de una milpa. Lo identificaron por su ropa.
En esos días María estuvo al borde del abismo por una psicosis, veía a su hijo por todos lados y hablaba con él. Sin embargo se levantaba de nuevo, para luchar por la vida, por la suya y por la vida de sus otros dos hijos. Desde entonces trabaja con nosotros y prepara tres veces a la semana la comida para nuestra pequeña comunidad de 10 personas. (Es una cocinera creativa, con mucho chispa, siempre curiosa para probar nuevas recetas.)
Segundo capítulo: Expulsan a la familia de su hogar
Apenas se calmaba el primer dolor y María podía recuperar su rutina, los mareros comenzaron a molestar de nuevo. Mandaron a niños de ocho, nueve años con papelitos, ornamentados con las peores palabrotas (puta vieja) para anunciar que van a cobrar la “deuda abierta” o exigir la vida de un familiar más. Solamente aumentaron la cuota a 500 dólares. De golpe la familia huyó a un municipio bastante lejano. Lograron conseguir una pequeña casa, bastante deshecha, pero la arreglaron. Se entusiasmaron al sembrar la semilla que regala el gobierno para cosechar un poco de maíz y frijol. En este momento, en que brotaron las primeras plantas tiernas de esperanza y se sentían seguros, María se animó a denunciar al asesino de su hijo, la cabecilla de la mara local donde vivieron antes. La policía le prometía que ella sería testigo protegido. Sin embargo en la fiscalía había una confrontación entre ella y el marero, separados por un vidrío. Nunca confió en que eso de verdad fue un vidrio blindado y sospecha que le han expuesto a la plena vista del asesino. Desde entonces vive con el miedo crónico por las consecuencias de eso.
Tercer capítulo: Violan a María y sigue la guinda de la familia
Sus peores temores se cumplieron cuando le cayó encima el próximo golpe. En navidad de 2011, María, contenta por cobrar su aguinaldo, se fue a su casa, con sus compras para la cena de fiesta, pollo, verdura, frutas. En el camino solitario de la carretera a su vivienda le asaltaron y violaron entre cinco hombres encapuchados. Por pena no se atrevió a decir nada a sus hijos, solamente insistía huir de nuevo lo más pronto posible. Los hijos no entendían nada y con malas ganas dejaron su casa y se fueron con ella a los suburbios de San Salvador. Desde el principio fue claro que se metieron de nuevo en una cueva de mareros, pero solamente sitios como estos estuvieron a su alcance económico. De lo poco que tenían ya han perdido mucho en las dos veces que han abandonado su casa.
Para mí, María es la incorporación de la santidad primordial de que habla Jon Sobrino. Lo que le pasaba hasta ahora, bastaría para acabar con una persona. Ya en su infancia sufrió violencia y abuso. Ahora el trauma de la violación múltiple y brutal causaba problemas ginecológicos serios y una depresión profunda caracterizada por apatía y lagunas mentales temporales. Es puro milagro que María se animó otra vez para retomar la lucha y para buscar ayuda médica y psicológica.
Quarto capítulo: Atropellan a Pedro
Con una energía enorme, lograba de nuevo una cierta normalidad cotidiana para ella y sus dos hijos. El mayor de ellos, quiero llamarlo Pedro, en el momento de la desaparición de su hermano abandonó el instituto, pocos meses antes de su bachillerato. Desde entonces trabajaba en un taller mecánico, sin seguro u otros derechos laborales. Trataba de reclamarlos, con la respuesta de su patrón: “Tú sabes por qué puerta entraste, por la misma puedes salir.” Por falta de alternativas, sin bachillerato le fue imposible encontrar otro trabajo, Pedro se sometía. Su tarea era buscar con su moto repuestos de chatarra por todo el área urbana. Cuando en marzo 2013 hemos celebrado aquí en la UCA la misa por Monseñor Romero, en medio de la misa me cayó una llamada a mi móvil. Yo lo corté, pero por fin por la insistencia, salí de la capilla para aceptarlo, oyendo los sollozos desesperados de María: “Se me muere mi hijo, se me muere mi hijo.”
En un semáforo Pedro fue atropellado en su moto por una ambulancia. Las llantas del vehículo cruzaban su estómago. Parece broma de mal gusto, pero los socorristas en vez de atenderlo, huyeron para escapar de las consecuencias del accidente. Por fin, medio muerto, lo llevaron al Hospital Rosales. Pedro pasó por una operación dramática de algunas horas y la lucha por su vida siguió al menos los próximos quince días. Es importante mencionar que en el Rosales fue atendido por un médico, profesionalmente y humanamente excelente. Pero solamente quien conoce las condiciones en este Hospital puede intuir qué significa para una madre acompañar su hijo allá en su lucha, durmiendo por pocas horas en el suelo debajo de su cama.
Quinto capítulo: insuficiencia renal grave de Chus
Apenas Pedro se recuperó y con dificultades fue capaz de retomar su trabajo, el más joven de los hijos, presentaba síntomas de malestar. Quiero llamarlo Jesús, Chus. Chus estudiaba en ese momento el primer año del bachillerato en un colegio. Por la inestabilidad de la familia había perdido algunos grados y ya fue demasiado mayor para asistir a un instituto nacional. Por eso su madre y su hermano le facilitaron con gran sacrificio este colegio, con una cuota modesta, pero para ellos enorme. En diciembre 2013 por fin los médicos detectaron la insuficiencia renal avanzada de Chus. Pasó por algunos meses de diálisis, hasta que en marzo 2014 un tío por parte de su papá difunto le donaba un riñón. La tragedia fue que Chus se recuperó después del trasplante, sin embargo el tío murió por una infección de la herida, se bañaba demasiado temprano en el rio contaminado cerca de su casa. Los problemas psicológicos de Chus por el sentido de culpa, pues él vive a costa de otro, fueron enormes y se sumaron a la depresión típica en pacientes después de un trasplante.
Seguía la lucha heroica de María, llevaba su hijo a los médicos y al tratamiento psicológico, todo bajo la ayuda de la salud pública, y rebuscando apoyo en muchos lados para los medicamentos y la leche especial que Chus de aquí en adelante necesitaba.
Sexto capítulo: Sigue la persecución por las maras
Entre todos estos desastres se agudizaron las molestias por los pandilleros. Querían obligar a Pedro, el hijo mayor, a hacer viajes para ellos con su moto, su herramienta de trabajo. Solamente se pudo rescatar por una renta de 25 dólares por mes, más que la décima parte de su sueldo. Y por si fuera poco los mareros llegaron a la vivienda de la familia todos los domingos, exigiendo comida para 15 de ellos. Cuando María no tenía otra cosa que arroz y frijoles se pusieron bravos y reclamaron “comida de verdad”.
El único escape desesperado fue seguir en la guinda, esta vez a un cantón rural, lejos de la capital. En ese lugar había un breve respiro, pero ninguna solución sostenible, porque en tal lugar no había nada para ganarse la vida, tenían que viajar todos los días 4, 5 horas para llegar a su trabajo y gastaban demasiado para el pasaje. Después de pocos meses se dieron por vencidos y regresaron de nuevo a los suburbios de San Salvador, a otro lugar, pero no menos peligroso que el anterior y así los problemas se presentaron en seguida. Los mareros agarraron a Chus en la entrada de su colegio y lo golpearon duro, con su cicatriz todavía tierna. No dejaban ninguna duda que lo iban a matar si otra vez se atrevía aparecer cerca de su colegio. María, que por su parte solamente asistió a dos grados de la primaría, se fue al Ministerio de Educación para luchar por su hijo para encontrar el camino y así completar las pocas semanas que le faltaban hasta su bachillerato. En su lucha, algunas veces podía parecer exagerada y agresiva. Yo no lo veo de esa manera, mucho más siento en esa “agresión” algo de la “ira santa” de los profetas. ¡No puede ser! Es pasión y fervor que reclama la vida. Por fin el director del colegio se dejó mover por los lamentos de la “viuda fastidiosa” (Lc 8,4) y escondió a Chus en su propia casa. Lo apoyaba para estudiar según las guías del ministerio y prepararse para los exámenes.
Mientras tanto Chus vivía en la casa del director, el resto de la familia seguía expuesto a los caprichos de los mareros. Por casualidad la casita estrecha en la que vivían, tenía un techo más bajo que las casas vecinas. Cuando la policía hacia cateos por las noches los mareros saltaban al techo de la casita baja, para esconderse en el patio de la familia. Pedro y María quedaban petrificados por el susto y por fin no quedaba otra salida que el éxodo, esta vez juntos con un buen número de otras familias desesperadas.
En un pueblo en los alrededores de la capital, buscaron refugio cerca de sus parientes, sabiendo que se metían en un territorio de la mara contraria, pero ya no veían otra alternativa. Al principio todo parecía tranquilo, hasta que en diciembre 2014 se graduó Chus como bachiller. En este momento pasaron por un pueblo donde por primera vez, después de muchos años, unos parientes que se fueron mojados a los Estados Unidos habían regresado. Organizaron un almuerzo entre los familiares y pusieron globos y una pancarta en la entrada de la casa que decía: “felicidades en tu día de graduación”. Esto llamó la atención de los mareros y otra vez se llevaron a Chus, golpeándolo y asegurándole que “les caía mal” y que iban a “borrarlo del mapa” si no desaparecía inmediatamente del pueblo o se dejaba reclutar por ellos. Además le aseguraban que si no lo mataban a él, tenía que pagar con la vida de sus parientes.
Séptimo capítulo: el calvario de Chus
En la misma noche un tío llevaba a Chus en su Pickup a casa de un amigo en una colonia en San Salvador, cerca del restaurante chino, donde Chus lavaba platos en este momento aunque muy mal pagado. Pero los mareros lo siguieron y le dispararon en pleno día. Por milagro él logró escapar otra vez, muy nervioso se fue corriendo donde unos parientes colaterales, lejísimos en el campo.
Allá trataba de ayudar en la ganadería. La mujer de esta casa lo trataba muy bien, pero los jóvenes del lugar, acostumbrados al trabajo del campo se burlaban de él por ser muy flaco y con problemas de salud. Se enteraron de que tenía un riñón trasplantado y le dijeron: “Tu vida ya no vale nada, estás como un trapo viejo.” Otra vez de repente recibí una llamada de María, totalmente desesperada: “Se me muere mi hijo, se me muere mi hijo.” Esta llamada me cayó en enero 2015, tarde en la noche. En esta noche Chus llegó más allá del límite de sus fuerzas y trataba de acabar con su vida. Tragó una pastilla de sulfuro junto con otras pastillas que estaban en la casa. Lo encontraron con convulsiones tremendas y echando espumarajos. Lo llevaron al próximo hospital donde le lavaron el estómago y lo rescataron en el último momento. Quedaba con un estómago quemado y una depresión profunda.
María y Pedro en este momento buscaron de nuevo una salida, bajo una presión increíble. En el pueblo donde ellos todavía vivían, la situación se volvió insoportable por la pandilla. Los vecinos y sus propios parientes, que han vivido en este pueblo desde generaciones, ya se fueron. María y Pedro de repente se encontraron en medio de casas abandonadas. Además consideraron que no pueden dejar solo a Chus, por miedo a que él pudiera repetir su intento de suicidio. Pensaban en irse de mojados al norte, buscar visa humanitaria, o irse al sur de América Central. Por el momento, Gracias a Dios, pueden respirar un poco más tranquilos, encontraron buena gente que les protege aquí en El Salvador, y que se preocupan por el tratamiento médico de Chus.
El pueblo mártir carga y denuncia el pecado del mundo
El relato de la pasión de esta familia salvadoreña, representa lo que muchos sufren de igual o peor manera. Escuchándolo, se imponen las estaciones del viacrucis, como lo rezamos tradicionalmente: cuantas caídas bajo del peso de la cruz y cuanta energía, para levantarse y seguir de nuevo en el camino. Y en toda tragedia Simón de Cirene ayuda a Chus con su cruz y pierde en eso su propia vida.
La sola existencia del pueblo crucificado, del pueblo mártir, es denuncia profética, grita a voces el “pecado del mundo”, acusa a las fuerzas y los poderes que causan su crucifixión diaria. Aguantemos algunos momentos más la contemplación de esa pasión y tratemos de descifrar la denuncia. La historia de la familia de María podría ser el punto de partida de un estudio socio-económico-político de los males que flagelan una parte considerable de los salvadoreños. Aquí solamente puedo señalarlo en algunas pinceladas.
La pérdida de identidad
Las homilías de Monseñor Romero terminaban domingo a domingo con su denuncia de la violencia que sufrió el pueblo, las desapariciones, las torturas, las masacres. Meticulosamente investigados por su equipo, él daba fechas, lugares, nombres y apellidos, de las víctimas como de los verdugos. Sacar las atrocidades de la clandestinidad a la luz pública ofrecía a las victimas protección, al menos protección contra la difamación de ser mentirosos: Monseñor Romero hizo visibles los rostros de las víctimas y les devolvía su dignidad.
Hoy día parece que la ley que somete a todo El Salvador con brutalidad y mano dura es el lema que se lee en los grafitis de tantos pasajes de las zonas de alta peligrosidad: “Ver, oír, callar.” Contando la historia de mis amigos sentía la fuerte frustración porque tengo que ocultar su identidad. No puedo por ejemplo enseñarles la foto preciosa de la madre orgullosa junto con su hijo en el momento de su graduación como bachiller. Todos los que viven en una situación como ellos, ya murieron la muerte social múltiple. No pueden confiar en sus más cercanos, tienen que desaparecer de golpe, sin despedirse de nadie. El famoso tejido social roto desde los desplazamientos en la guerra, en vez de recuperarse, se descompone todos los días más. A personas como María siempre de nuevo les cortan sus raíces, corren en una guinda permanente, acosados y perseguidos.
Los “efectos secundarios” de la pobreza y de la vulnerabilidad
Personas como María, expuestas a un estrés permanente, en consecuencia sufren daños físicos y psíquicos serios. Una vida continua bajo ansiedad y tensión alta provoca cualquier tipo de enfermedades psicosomáticas. Ya para una persona sana y robusta es difícil de conseguir un trabajo decente y estable, para una persona multi-traumatizada es casi imposible. Para cerrar el círculo vicioso, para ellas conseguir el acceso a terapias y medicamentos adecuados es una lucha constante. Están forzados a un mendigar indigno de algo que por la Constitución les pertenece: el derecho a la salud.
La impunidad escandalosa y el pueblo desprotegido
La impunidad escandalosa parece pesar sobre El Salvador como una maldición tremenda. Desde la “amnistía general” para los verdugos de la guerra civil, se multiplicaron progresivamente los crímenes capitales nunca castigados. Los asesinos parecen intocables. Los vulnerables no tienen refugio, nadie a quien recurrir, ninguna instancia que les ofrezca protección eficaz. Aparte de la infiltración de la policía y de la justicia, incluso si hacen el esfuerzo de ponerse al lado de las víctimas, parecen desvalidos. Sus cateos y detenciones dramáticas muchas veces parecen un gran show mediático que encubre su verdadera impotencia y representa una amenaza más para el pueblo flagelado.
Gracias a Dios hay agentes honrados de la policía, de la justicia. Hay instituciones como el IDHUCA y muchos otros de buena voluntad. Pero todo esto parece una gota en el océano. En su mayoría el pueblo mártir está abandonado. Con el salmista: “Me he quedado sin refugio, nadie se ocupa de mí. … Atiende a mi clamor, pues estoy del todo agotado; líbrame de mis perseguidores, que son más fuertes que yo.” (Ps 142, 5.7)
La múltiple victimización
Jóvenes como Chus, el protagonista de nuestro relato, siempre están bajo sospecha. La primera reacción si alguien se entera de una persona que tiene que huir para salvar su vida es: “Por algo tiene que ser.” “En algo está metido”. La victima siempre carga con la imputación que los horrores que le pasan son causados por su propia culpa. Este diagnóstico puede ser el mantra del mismo pueblo vulnerable: “A mí no me va a pasar eso, porque yo no ando metido en nada.” Ese mantra es engañoso y satánico, porque desolidariza. Peor, si este diagnóstico viene de esos que viven cómodos y seguros. Justifican su apatía y la dureza de sus corazones con la afirmación desvergonzada: “Lo que les pasa, lo tienen merecido”.
Es inaguantable victimizar a las victimas una y otra vez más. Hasta los mismos mareros muchas veces son victimarios y víctimas en una sola persona, son seres humanos. Por eso de igual manera es inaguantable la demanda vulgar, de “fumigar estas cucarachas”. Se exige justicia, pero no el trato deshumanizante, que no permite ninguna resocialización y que por fin les convierte en estas bestias que una parte desalmada de la sociedad proyecta en ellos.
“El pecado del mundo”
La pasión del pueblo mártir salvadoreño grita a voces cual es el pecado dentro del microcosmo de este país. En verdad la situación es mucho más compleja de lo que pueden indicar estas pocas observaciones. No podemos tocar aquí el simplismo de declarar a las maras en manera mitológica como “la fuente de todo el mal”. En verdad las pandillas sirven como camuflaje a fuerzas mucho más potentes, como el crimen organizado, la mafia de drogas y de armamento etc. Más allá de esto, no vamos a entender el pecado que denuncia el pueblo mártir, si no lo contextualizamos dentro del escándalo del desorden global.
Se imponen las palabras fuertes de Ignacio Ellacuría, que pronunció en su discurso en Barcelona, diez días antes de su asesinato: “Lo que en otra ocasión he llamado el análisis coprohistórico, es decir, el estudio de las heces de nuestra civilización, parece mostrar que esta civilización está gravemente enferma…” Reformulado desde mi propia experiencia. Siento la realidad de El Salvador como un “espejo cóncavo” en que se releva y se densifica la verdad de nuestro mundo en total. Eso que sufre el pueblo mártir en este momento en las zonas de alta peligrosidad de El Salvador nos deja ver la mueca repugnante del desastre y del desorden global, que privilegia en una manera obscena a algunos pocos y martiriza al menos un tercio de la humanidad. En octubre 2014 Oxfam, una ONG de prestigio internacional, denunciaba que las 85 personas, individuos, más ricos del mundo poseían los mismos recursos económicos que la mitad más pobre de la población mundial, 3.500 millones de personas. Según el pronóstico de OXFAM dentro de poco al 1% más rico del mundo va a pertenecer más que a los otros 99%.
Obviamente de ninguna manera ha perdido vigencia la afirmación de Ellacuría que el motor que mueve la historia es la codicia, la acumulación de capital. Ciertamente hay zonas de esta tierra en las cuales la pobreza y sus consecuencias son mucho más mortíferas que en El Salvador. Pero hay pocas zonas en que se densifica de tal manera escandalosa la discrepancia entre estos que viven en la abundancia y estos que están expuestos a una vulnerabilidad permanente. El precio de una camioneta “Prado” de Toyota nueva corresponde más o menos al salario mínimo, que gana una persona en veinte años en una maquila. Los unos tienen que trabajar duro por dos décadas, en turnos dañinos para la salud, muchas veces bajo condiciones inhumanas, y por fin no alcanza para mantener una familia, pagar la vivienda, cubrir gastos de salud etc.; y los otros queman el equivalente para comprar un solo vehículo, sin tomar en cuenta su mantenimiento. Tengo que confesarme de la manía de contar los carros de la clase superior en los parqueos de la UCA y de comparar los vehículos que manejan los funcionarios del estado y de la Iglesia con la ruta 42A o 27 en que anda el pueblo, expuesto a los asaltos día por día.
Entre los extremos, entre los autores y de las victimas del desorden económico, se encuentran los pequeños beneficiarios del sistema neocapitalista, personas como yo, como la mayoría del primer mundo y como la clase media de El Salvador. Hacemos la vista gorda. Somos poca cosa en comparación con los adinerados de verdad, pero vivimos bien, cómodos en zonas seguras, caracterizados muchas veces por un desinterés y una apatía espantosa enfrente del pueblo que carga con la cruz.
En la tercera semana de los Ejercicios Espirituales, Ignacio de Loyola pide al ejercitante a “esforzarse por sentir dolores, estar triste y llorar”. Hace pedir “dolor con el Cristo crucificado, lágrimas,… por la tortura que Jesucristo sufrió por mí” (EE n° 195 y n° 203). La objeción psicologizante nos dice que eso será una fijación en lo negativo, que nos seduce al sadomasoquismo. Pero tenemos que leerlo en clave del otro gran Ignacio, Ignacio Ellacuria. Podemos entender los Ejercicios Espirituales como una escuela de compasión, que desencadena una dinámica completamente distinta: dejarme conmover en mis entrañas por esto que inflige “pecado del mundo”, nuestro pecado, todos los días a los Pablos, Pedros, Chus, Marías y hacerme llorar por mi comodidad, por mi falta de coraje e iniciativa para parar su viacrucis sin fin. Hay que actualizar, dar realidad actual de nuevo, a la llamada a la conversión de Ignacio Ellacuría, que podemos considerar como su testamento espiritual:
“Lo único que quisiera… son dos cosas: que pusieran ustedes sus ojos y su corazón en esos pueblos que están sufriendo tanto —unos de miseria y hambre, otros de opresión y represión— y después (ya que soy jesuita), que ante ese pueblo crucificado hicieran el coloquio de san Ignacio en la primera semana de los Ejercicios, preguntándose: ¿qué he hecho yo para crucificarlo?, ¿qué hago para que lo descrucifiquen?, ¿qué debo hacer para que ese pueblo resucite?”[5]
El pueblo mártir es el „sacramento de la salvación“
Para no pasar el tiempo, este último punto solamente puede señalar el rumbo para seguir. Su ensayo crucial sobre el pueblo crucificado inicia Ignacio Ellacuría con una gran inquietud: ¿Cómo puede ser que una gran parte de la humanidad sigue “literal e históricamente crucificada” cuando Jesús anunció el reino y la Iglesia proclama por más que dos mil años nuestra salvación? El viacrucis sigue y sigue y sigue. ¿Qué quiere decir salvación frente al hecho que “la mayoría de la humanidad oprimida” sigue cargando el pecado del mundo?
Ignacio Ellacuría nos sacude para sacarnos de nuestra apatía e indiferencia y para sensibilizarnos para el calvario del pueblo mártir. Nos saca de la “falsa espiritualización” de nuestro hablar sobre la salvación. Esta “dulcificación y mistificación” la pervierte en promesas vagas, vacías de realidad, así como las promesas de las campañas electorales. Ellacuría nos pone en marcha para buscar y actuar la verificación de la salvación en la historia aquí y ahora. O a nuestra fe en la salvación corresponde realidad palpable, crea realidad, o de verdad es opio que nos adormece y nos convierte en monstruos insensibles.
Con el trasfondo de esa inquietud Ellacuría se pregunta: “¿Quién es el pueblo elegido de Dios? ¿Quién es la verdadera Iglesia, el verdadero sujeto de la misión salvífica de Jesucristo en la historia? El concilio nos dice, que la Iglesia es el “sacramento”, el “signo e instrumento”, de la salvación”. Para Ellacuría esa afirmación es demasiado vaga. Hay que precisarla. Y esta precisión es la inversión radical de la perspectiva. Pone patas arriba todas nuestras ideas. No se trata del problema, ¿cómo hablar de la salvación a pesar de la mayoría de la humanidad golpeada y oprimida? Sino más bien al revés, hay que arrodillarnos enfrente del misterio: El pueblo mártir es el sujeto histórico de nuestra salvación; el pueblo mártir es el “sacramento”, quiere decir la presencia real y concreta de Dios en este mundo; es el pueblo mártir es el sujeto histórico que realiza la obra salvífica para toda la humanidad.
Con las palabras de Jon Sobrino: ¡La salvación viene de abajo! Eso dice en primer lugar: La salvación no viene de arriba, ni de las cúpulas de los partidos, ni de las ONG´s, ni de los programas de desarrollo internacionales. Esa inversión de las perspectivas, en total consonancia con el Evangelio resulta escandalosa:
“Resulta escandaloso el proponer los necesitados y oprimidos como la salvación histórica del mundo. Resulta escandalosa a muchos creyentes, que ya no creen ver nada llamativo en el anuncio de que la muerte de Jesús trajo la vida al mundo, pero no pueden aceptar teóricamente, y menos aun prácticamente, que esa muerte que da vida pase hoy realmente por los oprimidos de la humanidad.”[6]
En el viacrucis de mi infancia austriaca rezamos, “en la cruz está la salvación, en la cruz está la vida, en la cruz está la esperanza”. Como joven esa frase me provocaba una crisis, entendiendo que la cruz nos confronta con el pobre Jesús de Nazaret, cruelmente torturado hasta la muerte. ¿Cómo podemos decir que en eso está presente la salvación, vida esperanza? Es el mismo escándalo, la misma locura, ponernos de rodillas frente de la cruz de Jesús que nos trae salvación, como ponernos de rodillas frente al pueblo crucificado nos trae salvación. Pero eso es nuestra fe en Jesucristo, encarnada, hecho carne de la humanidad torturada.
“No hay salvación fuera de los pobres”, dice Jon Sobrino. Concretizando y dando carne histórica a esa afirmación: No hay salvación fuera de los Marías y Pedros y Pablos y Chus de El Salvador y de todo el mundo. El amor creativo y redentor de Dios está presente en su lucha diaria y heroica por la vida. Con ellos Dios pasa por este mundo. Son ellos que cargan con nuestros pecados. Por sus heridas estamos salvados (Is 53). Son ellos que pueden arrancar nuestro corazón de piedra para darnos un corazón de carne (Ez 36,26), en ellos está presente esta energía vital, capaz de convertirnos y de humanizarnos.
El evangelio es la llamada recia a la conversión para el “mundo de arriba” - y es una gran promesa a los que sufren abajo. Les dice, este “mundo” los considera a ustedes como los deshechos, los superfluos que no cuentan, como estos cuyas vidas no valen nada. El “mundo del pecado”, en el sentido del evangelista Juan, configurado por los potentes, los poderes económicos, militares, políticos, o, no hace nada para proteger sus vidas, o peor, les quita la vida activamente. Pero la verdad es, no hay solución ninguna para este mundo si no reconoce en ustedes, y en la tortura que les hacen sufrir, el misterio de la cruz y de la resurrección de Jesucristo. No hay salvación para este mundo, si no se inclina frente al misterio divino, presente en ustedes
[1] D. Bonhoeffer. Reflexiones en ocasión del bautizo de Dietrich Wilhelm Rüdiger Bethge, Widerstand und Ergebung, en DBW 8, p. 428-436, aquí p. 435 y ss.
[2] I. Ellacuría, Utopia y Profetismo, Mysterium Liberationes I, p. 398.
[3] Homilía en Aguilares del 19 de Junio de 1977.
[4] Idem.
[5] I. Ellacuría, “Las Iglesias latinoamericanas interpelan a la Iglesia de España”, Sal Terrae 3 (1982), p. 230.
[6] Pueblo Crucificado, 192.